Para las nueve de la noche, las cuatro
chicas ya esperaban afuera del orfanato con un gran aguacero encima, la perra
de la madre abadesa no fue ni siquiera pada proporcionarles unas sombrillas por
lo que tenía que replegarse de la lluvia, refugiándose en la copa de un árbol
que para su fortuna las cubría bastante bien, las otras dos chicas Cynthia las
conocía perfectamente, no solo porque trataba de interactuar con unas sino
porque una de ellas tenía quince días de haber ingresado, se trataba de
Lucrecia una española que quedó huérfana a raíz de un accidente vial que
tuvieron sus padres al trasladarse a su trabajo.
La otra era pelirroja muy bonita pero
callada a la vez, solo tenía la vista perdida en la calle mientras miraba en
sentidos contrarios. Cynthia se quedó callada, no quiso platicar con nadie.
Al fin unas luces las hicieron encandilar a
todas, la bendita camioneta se acercó a ellas bajando de ella un par de tipos
uno rubio y otro de cabello obscuro pero eso no les quitaba lo bien parecidos.
-¿Esas son Stu?-Cuestionó el rubio mientras
se comía con los ojos a Lucrecia, esta solo se hizo pequeña en su lugar.
El otro muchacho sin decirles ni si quiera
buenas noches se adentró un poco más en la lluvia parándose en la puerta del
orfanato, si ese era el orfanato católico que Brian les indicó, en el mismo
silencio que llegó volvió a la camioneta, de ahí bajaron cuatro muchachos mas
quienes sin la menor dificultado subieron a la fuerza a las cuatro cicas no sin
antes vendarles los ojos y las manos, con Cynthia sufrieron un poco, por lo que
hubo de golpearle con la culata de una pistola para poder amansarla.
El resto del camino lo pasaron en silencio,
nadie habló, las chicas se estremecieron cuando sintieron que la camioneta se
detuvo.
-Bien lindas.- Stu comenzó a hablar dando
las reglas.-Esta casa será su hogar por un tiempo indefinido, a la perra que no
obedezca la van a mandar a un burdel a México ¿entendieron?
Las tres asintieron presurosamente, Stuart
se dio por bien servido al menos demostraban que siendo mujeres no eran tan
idiotas como él las pensaba, Peter ayudó a Maureen a bajarse y a caminar hasta
la puerta donde la sestaba esperando el ama de llaves Rita Shotton, una mujer
de carácter amargo, y cara dura.
-¿Así que estas cuatro son las nuevas
inquilinas?-Cuestionó con voz severa y tosca.-Mandaré a alguien para que las
prepare, los señoritos regresan de su gira hoy por la madrugada y seguro
querrán diversión.
-¿Con que los cuatro cabrones regresan de la
primer gira por América?-Argumentó Stuart de manera burlona, el también había
estado en el grupo, pero de no haberle estado pisando la policía alemana los talones,
no hubiese tenido que fingir una hemorragia cerebral.-Bueno me alegro por
ellos, oye Rita deberías mandar a alguien, traemos a otra puta en el asiento trasero, es la
rebelde, la tal Cynthia.
Rita dibujó una sonrisa algo macabra en el
rostro, sin decir nada solo hizo una señal para que los tipos metieran a las
chicas a empujones dentro, cada cual fue conducida a las habitaciones de John,
Ringo, Paul y George no sin antes pasar por manos de un estilista para que las
dejase como ‘’reinas’’ según ordenó Stuart. A los chicos no les gustaría llegar
y encontrarlas tal cual salieron del internado, por lo que era mejor empezar a trabajar
con ellas de una maldita vez.
Luego de eso cada una fue llevada a las
habitaciones de los muchachos, dejándolas encerradas no sin que Rita les
llevase antes ropa sexy, una charola con abundante comida y somníferos, uno de
los gustos que tenían los hijos de Alfred Lennon es que al llegar les gustaba
encontrar a sus sumisas, dormidas.
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El avión aterrizó en Liverpool a las tres
cuarenta y cinco de la mañana, el grupo The Beatles acababa de desbordar el avión
para dirigirse a la camioneta que le estaría esperando en el aeropuerto, en
medio de una turba de fans enloquecidas tratando de brincarse las brigadas de
seguridad, John, Paul, George y Ringo viajaban en una camioneta abierta por la
cual podían darse el lujo de saludar y Paul de tirar besos a sus fans, John
mientras tanto les escribía piropos obscenos en pedazos de papel mientras los
enrollaba y metía dentro de un grueso popote, le daba risa ver como las chicas
casi se agarraban de las greñas todo por coger las estupideces que escribía.
Los únicos que iban quietos eran George y
Ringo, quienes se divertían con las locuras que hacían los primeros dos, en
serio Ringo no sabía que pensar, si John estaba loco o Paul otro tanto, pero el
caso es que ese par siempre fueron uña y mugre a pesar de la corta diferencia de
edades.
Al fin lograron salir de Liverpool, se
metieron dentro de la camioneta, Ringo recordó que sus padres no estarían en
cas por un buen tiempo así que podrían armar una fiesta privada solamente con
sus amistades cercanas.
Solo que recordó que su padre no quería enterarse
de que habían hecho fiestas en su casa, por eso tenían apartamentos por toda la
ciudad, es decir para que el viejo no se enojase e hiciese berrinche, preferían
hacerlas a parte.
-No se ustedes muchachos.-John se talló los
ojos, estaba cansado.-Pero yo me estoy muriendo, esta primera gira me dejo
totalmente molido.
Paul asintió, era verdad pero solo estaban
probando los principios del éxito, según Brian Epstein y George Martin ese tipo
de giras se repetirían por lo menos unas dos veces más.
-Si ya lo sé.-Continuó George.-Pero ¿No es
lo que queríamos? ¿Ser más famosos que el mismo Elvis? Ya lo hemos logrado,
solo nos falta soportarlo.
John se puso a considerarlo y si, su
hermano menor tenía razón, por muchos años estuvieron escalando puestos hasta
estar a donde estaban hoy en día, les costó mucho desde la muerte de su madre
hasta la salida de Stu porque la poli le estaba pisando los talones, fue una
lástima pero Stuart siempre se inclinó mas por el arte que por la música, por
ello pensaba que se había hecho un favor a sí mismo y sobre todo por la novia
alemana que se consiguió Astrid.
El resto del viaje se continuó en pleno silencio todos se quedaron dormidos, ya
que aun faltaba buen tramo de camino para estar en casa.
